Salvias y oro

Josiah Gregg fue un comerciante y botánico aficionado nacido en 1806 en Tennesse que se mudó en busca de mejor clima a Santa Fe, nuevo México donde escribió el libro que luego se haría famoso: El comercio de las praderas, o el diario de un comerciante de Santa Fe durante ocho expediciones a través de las grandes praderas occidentales y una residencia de casi nueve años en el norte de México. En él describió la geografía, botánica y la cultura indígena relatando su trabajo como comerciante en caravanas que atravesaron tierra comanche. Durante la guerra entre México y Estados Unidos, Josiah Gregg trabajó como guía y traductor de español y también tuvo tiempo de recolectar plantas. Entre ellas, una salvia a la que se llamó Salvia Greggii.
En 1917 nació en Mansfield, Lousiana, Lynn Lowrey, un fanático que promovió y difundió el uso de plantas nativas del estado de Texas y mexicanas. Entre ellas varias de las descubiertas por Josiah Gregg, como el ceanothus greggii, y la salvia greggii. Lowrey hizo decenas de viajes a México en búsqueda de novedades. En 1988 invitó a los dueños del vivero Yucca Do, Carl Schoenfeld y John Fairey que luego describirían ese viaje de exploración como un punto de inflexión en sus vidas.
En 1990 (cuando yo tenía dieciéis años), Fairey y Schoenfeld invitaron al especialista en salvias Richard Dufresne (que se definía a sí mismo como El Sultán de las salvias) a participar en una expedición de plantas a Coahuila, que se haría famosa por los híbridos de salvia greggii y salvia microphylla que encontraron. Los denominaron salvia x Jamensis por la comunidad productora de manzanas de Jame. Dufresne señaló que el área de Jame en Coahuila está escondida en un valle dentro de una cadena montañosa que los lugareños llaman las «11 Hermanas», y se encuentra al sur del desierto de Chihuahua, en el borde oriental de la meseta central mexicana y justo al oeste de las montañas de la Sierra Madre Oriental. Las crestas estrechamente espaciadas, explicó Dufresne, ofrecen condiciones excelentes para el endemismo: la producción de plantas nativas que variaban de un valle a otro y que no crecen en ningún otro lugar en la naturaleza.
En 1991 Fairey y Schoenfeld incluyeron en su nueva expedición a un grupo de investigadores británicos: el Dr. James Compton de la Universidad de Reading de Inglaterra, el escritor y botánico de jardines Martyn Rix (luego editor de Curtis’s Botanical Magazine) y el botánico aficionado John D’Arcy. El equipo de Compton encontró híbridos pastel de S. x jamensis un lugar donde crecían tanto salvia greggii, como salvia microphylla. Varios cultivares que todavía se comercializan surgieron a partir de las semillas que recolectaron en ese viaje: salvia x jamensis La Luna, con flores de un amarillo casi puro; salvia x jamensis Devanteville, de color salmón; salvia x jamensis Pat Vlasto, color melocotón claro y salvia x jamensis La Tarda, bicolor rosa y amarillo.

Unos años más tarde Richard Dufresne conoció en un foro a un entusiasta argentino de las salvias. En un sobre puso semillas cosechadas de los cultivares surgidos en sus viajes a México, y lo despachó para Argentina en una tarjeta navideña.
El entusiasta las sembró en bandejas, y le puso carteles que decíana Pat Vlasto, La luna. El entusiasta pensaba en salvias, soñaba en salvias.
En ese momento tenía una empresa. Pensé que las salvias me mostraban otro camino, un camino más amable, vinculado a la naturaleza. Un camino donde debería aprender, donde debería explorar. Y sobre todo no repetir los errores del pasado.

Ahora que tengo un vivero de salvias, tengo una web, me puse a escribir esto de cómo un comerciante que buscaba mejor clima se mudó y encontró una salvia. Mi hija, cuando yo empezaba un cuento a la noche, siempre preguntaba: Papi, ¿termina bien?
Yo le pregunté a chatgp: ¿la historia de Josiah Gregg termina bien?
Esta fue la respuesta: Josiah Greggi se sumó a la fiebre del oro desatada en California cuando debilitado por el hambre cayó de su caballo y murió.